Anoche en Australia. Anochece y solo un mar de parpadeantes estrellas se eleva sobre sus rostros. Ella le sonríe, le sonríe como nunca antes y en un delicado acto de dulzura, suavemente, deja hundir sus humildes pómulos sobre el ameno pecho de él, adoptando el deseo de rendirse al verano de su abrazos; de rendirse a la embriaguez de sus besos y a los placenteros bailes de sus caricias anunciando una victoria.

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